Crónicas Psicoactivas II

Preámbulo, 12 de febrero de 2026

 

En medio de grandes vientos, huelgas y conflictos internacionales, agarro de nuevo mi equipaje para dirigirme a un AVE que por fin arranca, con retraso.

 

Mañana hay una sesión parlamentaria para hablar de psicodélicos a los diputados y diputadas. Un pequeño gran paso en la gran comedia del mundo.

 

Redes de personas e intereses variados se presentan con la común intencion de informar y convencer a nuestros legisladores sobre la importancia de generar un cambio lo más rápidamente posible para dar salida a la epidemia de salud mental que arrasa nuestras sociedades. Regular el uso de psicodélicos para uso médico, tomando como ejemplo otros países que ya han iniciado esta andadura: Australia, República Checa, Alemania, Suiza, algunos estados de EEUU… son unas de las primeras tentativas para la reintroducción (si, re-introducir: el LSD, por ejemplo, se dispensaba en hospitales, se investigaba, incluso el laboratorio mandaba muestras grautitas a los psiquiatras europeos para que pudieran valorar su uso en consulta).

 

Viajo sin expectativas, tan solo guiado por el pulso de la vida que se entreteje entre mi cuerpo y los cuerpos, mi realidad y la realidad compartida. Llevado por un flujo invisible que nos interconecta a todas las personas.

 

 

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De vuelta en el tren, recién salido de la Sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados.

Discurriendo entre la emocion y la reflexión de un momento histórico que se cuela en los muros de la institución política para seguir dando forma a lo que será en el futuro, en España, el uso de psicodélicos y los cambios regulatorios que, inevitablemente, vendrán.

 

Ya señalaba un miembro de la mesa que todavía estamos usando regulaciones anacrónicas, pero parece que el tema es demasiado complejo para que pueda avanzarse con firmeza y claridad en los cambios que supondrá la reentrada en el sistema de aquellas sustancias que fueron prohibidas y demonizadas allá por los años 70, claramente en respuesta a movimientos contraculturales de la época que amenazaban el status quo.

 

Pero a día de hoy, el status quo no está amenazado. Entra en el Congreso un equipo heterogéneo de grupos y personas, con claros avales cientificos y reputación institucional, para intentar abrir una brecha en el prejucio y el miedo tallado a conciencia en las últimas décadas y conseguir que, al menos en el terreno médico, se regule con seguridad y control su uso para reavivar el campo de la psiquiatria, que lleva años en  crisis.

Impecable en su desarrollo, no hay crítica posible a los datos y la ciencia que, en un proceso de despegue progresivo, avanza clara en nombrar lo que incomoda: los psicodélicos están demostrando, cada vez más, su perfil de seguridad y su eficacia, superando muchas veces a los tratamientos tradicionales y dando esperanza a millones de personas que viven cada día en el inestable equilibrio de un sistema que no puede digerir su dolor, tan solo calmarlo, sedarlo y, por desgracia, en una gran parte los casos, cronificarlo.

 

Datos, estudios, ciencia dura y resultados ya incuestionables, se desplegaron en las sucesivas mesas a lo largo de la mañana. Una narrativa contundente y aparentemente integrada. Una sola política en la sala. Aplaudimos a la aventurada, que toma nota. Al menos, una portavoz del gobierno: Maria Sainz, Secretaria Primera de la Comisión de Sanidad desde septiembre de 2024. 

 

Como decía el presidente de Inawe, Carlos Alonso, la cuestión no es si estamos dispuestos a abrir el debate, sino “si estamos dispuestos a asumir el coste de no hacerlo”. Y con urgencia. 

 

Urgente es que millones de personas en el mundo sufran depresion, ansiedad, estrés postraumático y todo un abanico de respuestas al hecho de vivir, y que las respuestas del sistema se queden en un dopaje social estructural que no tiene margen de maniobra ante la epidemia de dolor y soledad que recorre las sociedades modernas.

 

Urgente es cambiar una realidad en la cual las personas que quedan atrapadas en ese sistema sean desahuciados con frases como “esto es para toda la vida” o “no podemos hacer otra cosa”…

 

Urgente es nombrar que la estructura social está en fallida, que el colectivo social sufre y todavía no encuentra respuesta insitucional para las violencias que se reproducen cada día en todos los contextos. Que el sistema institucional necesita una renovacion radical y estructural y que el dolor humano no será sanado solo con más moléculas, sino con una transformacion en las formas de vivir y de los contextos sociales en los que transcurren nuestras vidas.

 

Urgente es abrir el debate a todas las voces para que el resultado incluya todas las aristas de un tema delicado y complejo y que nos interroga, más allá de nuestros roles profesionales, como sociedad.

 

En 2023 unas 85000 mujeres y niñas fueron asesinadas por razones de género. Un 60% se cometieron por parejas o familiares íntimos (aproximadamente 140 asesinatos al día).

 

En España, el 30,3% de las mujeres mayores de 16 años ha sufrido algun tipo de violencia de género en algun momento de su vida (Macroencuesta de Violencia contra la Mujer, 2024).

 

Muchas violencias no se denunciaron ni entran en cifras oficiales (solo entre el 10 y el 30% de casos suelen reportarse formalmente), por miedo, vergüenza, control o falta de acceso a apoyos.

 

El 25,7 % de la población española está en riesgo de pobreza o exclusión social, cifra que se mantiene prácticamente estable en los últimos años y afecta a unos 12,7 millones de personas (INE, 2025).

 

La pobreza infantil ronda el 29%, una de las cifras más altas de Europa. 1 de cada 4 niñxs y adolescentes en comunidades como Madrid, está en riesgo de pobreza.

 

El 14% de los trabajadores en España son pobres según criterios de renta relativos.

 

El acceso a la vivienda es una presión contínua, justo antes de entrar en el Congreso, en las noticias, Mariano, un jubillado de 67 años, espera el cuarto intento de deshaucio de su piso, uno de entre los 100 propiedad de una entidad religiosa.

 

Según datos de la Organización Internacional del Trabajo y Fundación Lloyd’s (2023), a nivel mundial, más de 1 de cada 5 trabajadores ha sufrido violencia y/o acoso en el trabajo en algún momento de su vida laboral. Esto incluye violencia física, psicológica y/o sexual.  

 

Específicamente, el 17,9 % han experimentado violencia o acoso psicológicos (insultos, amenazas, intimidación), y un 8,5 % han enfrentado violencia física o agresión en el entorno laboral.  

 

Y unos últimos datos que hilan todo lo demás: la epidemia silenciosa de la soledad no deseada, de la atomización social y la pérdida de tejido comunitario. En España, alrededor del 16% de la poblacion se siente sola o poco acompañada y un 17% se percibe poco o nada integrado en su comunidad social. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, más del 34% reporta sentirse solo. Estudios muestran que la soledad no deseada está vinculada a peores estados de salud percibida, mayor prevalencia de problemas de salud mental y un riesgo mucho más alto de pensamientos suicidas o autolesivos, en comparación con quienes no se sienten solos. (Barómetro de la soledad no deseada en España, 2024)

 

Y, en este contexto social, ¿cuales son los escenarios que se presentan? ¿Hacia donde nos dirigimos como sociedad? Diversos modelos de regulacion a lo largo y ancho de occidente se mostraron como posibilidades, desde el prohibicionismo generalizado restringido a investigación hasta el uso regulado no médico que se está llevando a cabo en estados como Oregón, que contrastan claramente con las intenciones de regulación dentro del sistema médico de la mayor parte de países.

 

Las voces que más impactaron fueron las historias de las dos personas que trajeron su  historia, su dolor, sus lágrimas, al centro de la sala, y azuzaron al Congreso a avanzar en su funcion legisladora para dar la oportunidad a tantas y tantas personas que a día de hoy siguen atrapadas en un sistema desbordado.

 

Locurarte no quiere nacer para confrontar a nadie. Tampoco para romantizar el underground ni las sustancias psicodélicas. Nace para nombrar lo que se oculta, cuando el cambio entra en las instituciones.

 

Creemos en la ciencia. Creemos en la regulación responsable.

 

Pero también creemos que el sufrimiento humano es inseparable de sus causas sociales y políticas. Y que cualquier innovación terapéutica que ignore esa dimensión corre el riesgo de convertirse en un parche sofisticado sobre una herida estructural.

 

Si el colectivo no despierta y participa, el movimiento quedará reducido a una subespecialidad médica.

 

Si el colectivo se organiza, piensa y asume su responsabilidad, podremos construir un modelo donde clínica y comunidad no compitan, sino que se equilibren.

 

No buscamos guerra. Buscamos claridad.

 

El verdadero cambio de paradigma no consiste en añadir nuevas moléculas al sistema, sino en recuperar la capacidad colectiva de comprender el dolor humano en toda su complejidad y decidir, como sociedad, cómo queremos cuidarlo.

 

El proceso ha comenzado.

 

La pregunta que se abre no es solo qué modelo regulatorio adoptaremos, sino si seremos capaces de atrevernos a mirar más allá de las moléculas y los protocolos y enfrentarnos, por fin, a las raíces del sufrimiento que atraviesa nuestro tiempo.

Crónicas Psicoactivas I

Psymposium 2025

 

 

Después de tres días de viaje por el primer congreso sobre psicodélicos en España, Psymposium, organizado por la Fundación Inawe, llega el momento de la integración, como decía su presidente, Carlos Alonso, en el acto de clausura. Mientras cientos de miles de personas se manifestaban en las calles por el genocidio en Palestina, una vibración distinta —más silenciosa, pero también cargada de deseo de transformación— se producía en el Colegio de Médicos de Madrid (espero sepan disculpar que me ahorre lo de ilustrísimo), los días 2, 3 y 4 de octubre de 2025.

 

Escribo como diario de viaje, como descarga y reflexión, como (im)pulso vital, como faro y como botella al mar. Desde lo vivido en el cuerpo hasta lo que no pudo ser dicho claramente, eso que se fue precipitando entre los descansos, en los aplausos espontáneos, en los arranques de autenticidad en algunas de las ponencias. No pretendo recopilar ni resumir —como hizo Luis Caballero al cierre del encuentro—, sino ofrecer un soplo. Un gesto. Un aliento.

 

I. Desde dónde escribo

 

Llevo más de veinte años en el mundo de la psiquiatría. He recorrido unidades hospitalarias, centros de salud mental y de atención primaria, dispositivos de drogodependencias, la calle y la prisión. He llegado a escuchar historias inverosímiles, algunas grotescas, infinitamente dolorosas. He tratado de entender qué es el sufrimiento humano, de dónde viene tanto dolor, por qué lo atravesamos de formas tan variadas, tan extremas. He seguido formándome, ampliando la mirada, y aprendiendo durante el camino cómo funcionan las instituciones, cómo funcionamos las personas en esas instituciones, y cuáles son las consecuencias de nuestras prácticas sobre las personas que atendemos y sobre nuestros propios cuerpos.

 

Desde este lugar curioso y crítico me acerqué al Psymposium: Transformando la salud mental del futuro, hoy. Desde el primer día introductorio en la sala Jiménez Díaz hasta los dos días en el Gran Anfiteatro, la energía y la apertura fueron creciendo. Como en todo encuentro humano, los discursos pasaron de lo formal a lo espontáneo, del protocolo a la vibración viva.

 

Con mucha probabilidad, la mayoría de quienes estábamos allí (profesionales de la medicina, la psicología, la psiquiatría, terapeutas de todo tipo, “pacientes”, buscadores de toda índole), somos consumidoras más o menos recurrentes o curiosas de las sustancias psicodélicas. Si, consumidoras de sustancias actualmente ilegales o no reguladas. Una realidad sentida, compartida en pasillos y descansos, pero no claramente expresada durante las ponencias ni las preguntas del público, excepto en las horas finales del congreso. Normal. Es más fácil hablar de estudios clínicos, protocolos, agencias reguladoras, más fácil transitar el tan acostumbrado discurso profesional, que no meterse de lleno en realidades más crudas y no tan políticamente correctas. No vayamos a parecer un grupo de hippies o promotores del consumo y corramos el riesgo de volver a entrar en el oscuro tiempo del prohibicionismo absoluto del último tramo del siglo XX. No. Somos científicos. Así tiene que ser. En el Ilustrísimo Anfiteatro en el que no tuve forma de apoyar bien mis posaderas. Precioso y embriagante. La incomodidad de sus asientos no pudo ser compensada por un intento de sentarme en el suelo entre filas, como hacían otras personas (me caí de culo intentándolo y mi vergüenza no me dio para otro intento), pero sí por la presencia de tantas personas interesadas en un tema tan apasionante como complejo y contradictorio.


 

II. Las polaridades invisibles 

 

Una organización cuidada y precisa, estética y amable. Un grupo de voluntarias y voluntarios vitales y dinámicos, sonrientes, emocionados.

 

No hablaré detalladamente de las interesantísimas ponencias y mesas redondas que se produjeron. Los contenidos grabados estarán disponibles y cualquiera puede investigar los conocimientos de las personas que participaron en el congreso. Un compendio de autores y autoras internacionales y una gran parte de las actrices y actores de este campo en el panorama nacional. Voces y rostros conocidos en las redes y en los medios se dieron cita para reflexionar juntas sobre el futuro de los psicodélicos y la salud mental. Algunos personajes públicos se añadieron al evento, para apoyar este nacimiento, interesados probablemente por su experiencia personal. 

 

Acostumbrados muchas veces a que las preguntas del público sean más bien monólogos o declaraciones aprovechando el micrófono en las manos, el vicepresidente de Inawe, Juan Ramírez, con criterio, insistía en que fueran preguntas con un signo de interrogación al final, Lo importante es que hablen los ponentes, decía. Y la mayor parte de los ponentes trajeron lo que veníamos a escuchar, según el programa. Ciencia. Estudios. Experiencias en otros países: Alemania, República Checa, Reino Unido, EEUU… y, como no y sobre todo, en nuestro país.

 

En ese contexto pudimos compartir estos tres días intensos y trepidantes. Seguro que ha sido nutritivo para todas las personas que participamos. Las redes, a través de estos eventos, se interconectan, los nodos se ponen caras, se pasan teléfonos y correos, se crean historias y colaboraciones, surgen ideas, se discute y se ríe, y se crea un pulso energético que provoca cambios insustituíbles en cada uno de los participantes y en la red entera.

 

¿Y qué he vivido yo? ¿Qué me llevo?

 

Los grupos humanos funcionan siempre en dos niveles: el manifiesto de las cosas que se dicen y se muestran, y ese otro mundo más oculto por donde circulan las palabras no dichas, las complejidades que no encuentran una salida clara en el espacio colectivo y se quedan rebotando dentro de nuestras cabezas o entre los pasillos y subgrupos que se encuentran en cada descanso.

 

Polaridades que buscan integración para seguir avanzando. Más allá de todo el contendio científico, surgieron rítmicamente, a través de algunas ponencias, preguntas del público, debates en las mesas redondas, las polaridades que atraviesan este campo:

 

Ciencia VS Espiritualidad

Clínico VS Comunitario

Individuo VS Colectividad

Sanitario VS Social

Síntomas VS Causas

Enfermedades VS Procesos vitales

Explicaciones neurocientíficas VS Experiencias personales

Tratamiento VS Transformación


 

¿Nuevos tratamientos o nuevo paradigma?

 

Navegamos entre estas aparentes polaridades no claramente expresadas. Cada persona, cada grupo, se mantiene apegado a un discurso, a una verdad, a una realidad, por momentos irreconciliable. Tratamos de entendernos y colaborar. Tratamos de escucharnos para construir un puzzle colectivo. Por debajo, transcurren los flujos de poder que condicionan esos discursos, esas verdades parciales. El poder del estamento médico-psiquiátrico. El poder de la “ciencia”, cual nueva religión monoteísta. El poder económico-político. El poder del silendio.

 

Un deseo compartido atravesaba la sala y alguna de las bellas imágenes que acompañaban las sesiones, Nos mueve la urgencia, rezaba una de ellas. El deseo de avanzar lo más rápidamente posible hacia la regulación del uso de este tipo de sustancias para dar la oportunidad a las muchas personas que podrían beneficiarse de ellas desde la instituciòn pública.

 

Pero, ¿Cómo?¿Desde donde?¿Para quién?

 

Aquí surge la complejidad.

 

¿Desde un modelo biomédico, con interés en ampliar su arsenal terapéutico? (curioso el lenguaje bélico de algunos conceptos de la psiquiatría).

 

¿Desde un modelo comunitario y transformacional? Un escenario donde las personas puedan usar estas sustancias con información, libertad y cuidado, sin quedar sometidas a un sistema terapéutico rígido.

 

Ese debate nos saca de la clínica y nos arroja al mundo real.

 

A lo que ya sucede en las calles, en los hogares, en ese underground tan variopinto del consumo de sustancias.

 

III. Doble rasero y cambio de paradigma

 

Esta es, para mí, una de las contradicciones más grotescas de nuestro occidente capitalista actual: tres de las drogas legalizadas más consumidas (alcohol, tabaco, psicofármacos) generan enfermedad, discapacidad y muerte; mientras los psicodélicos, con siglos de uso ritual y evidencia científica creciente, permanecen criminalizados y demonizados.

 

Resulta profundamente incoherente que las drogas psiquiátricas, los psicofármacos “tradicionales“ (los llamados “antidepresivos”, ansiolíticos, “antipsicóticos”…) se prescriban y consuman masivamente pese a sus efectos secundarios graves, su eficacia limitada, su potencial de dependencia y las dificultades que supone su retirada, mientras que los psicodélicos, con un perfil de seguridad fisiológica muy superior, sin prácticamente riesgo de adicción y con evidencia creciente de beneficios terapéuticos duraderos, continúan restringidos o criminalizados. Las trabas regulatorias a las que están sometidos destacan en comparación con la laxitud con la que son tratadas el resto de las drogas psiquiátricas ya legalizadas.

 

Este doble rasero no protege la salud pública: protege la inercia de un modelo biomédico y farmacoeconómico que antepone intereses a bienestar. Lo que realmente se teme de los psicodélicos no es su toxicidad, sino su potencia transformadora, su capacidad de cuestionar las estructuras que sostienen la patologización del sufrimiento humano.

 

El verdadero cambio de paradigma no consiste en sustituir unos fármacos por otros, sino en integrar los opuestos, crear un mapa donde cada persona encuentre su lugar en este tejido común.

 

IV. Hacia una fuerza colectiva

 

El sufrimiento humano no es solo neurobiológico, bioquímico ni individual: nace de la soledad, las violencias, las pérdidas, los secretos y los silencios; sufrimos de sistemas estigmatizantes con la diversidad, de marginalidad, pobreza y desigualdades sociales, de falta de afecto y de cuidados, de incoherencias sistémicas y sistemáticas, de burocratización y presiones institucionales, de abusos laborales, de desprotección… Más allá de cualquier diagnóstico, más allá de cualquier correlato neurobiológico y condición aparentemente intrínseca a una persona en particular, el conjunto de las personas del colectivo social sufrimos de temas sociales y políticos. Olvidar esta verdad radical es olvidarnos de nuestro centro y nuestra fuerza. 

 

La balanza deber ser equilibrada.

 

El cambio de paradigma del que tanto se habló en el Psymposium resuena en mí con claridad: reconocer la polaridad e integrarla en una dirección consciente y colectiva será nuestra fuerza. Olvidarlo nos condenará a repetir la historia.

 

La fuerza no está en una persona ni en un grupo. Crece cuando nos sabemos red, cuando los flujos de poder se reequilibran para luchar contra un enemigo mayor: la deshumanización que recorre el mundo. Es urgente. Más que nunca. 

 

Que hable el público y piense la colectividad.

 

Lo recordó el vicepresidente de Inawe leyendo a Ramón y Cajal: necesitamos figuras de autoridad al servicio del bien común, no guardianes del poder.

 

Y lo expresó con belleza Marcela Ot’alora, para mí, una de las voces más sabias y lúcidas del congreso:

 

“Nuestro trabajo se basa en el cultivo de la relación que establecemos juntxs

y en el descubrimiento intuitivo del sentimiento de pertenencia.”

 

 

V. Declaración final

 

Consumo e investigo sustancias psicoactivas actualmente no reguladas o ilegales porque creo en una transformación radical en la forma de vivir. Lo hago en contextos de aprendizaje, sanación y sostén frente a la locura de este mundo tan enfermo en el que me siento inmerso.

 

Creo en el ser humano.

Creo en la vida.

Creo que todavía es posible sanar —pero no a solas.

Será juntos, juntas, o no será. 

 


 

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